UN MILAGRO INESPERADO
UN MILAGRO INESPERADO
El pequeño pueblo de tucumano estaba entre los
distritos con mayor cantidad de casos de contagios de COVID-19. Totalmente
aislado e incomunicado, sufría el calor agobiante y la miseria.
De todos modos,
quienes peor la pasaban, eran las pensionistas del Rancho Rojo, como denominan
en el pueblo a la güisquería, ese oscuro lugar donde todo olía a rancio y ni
las moscas pasaban de visita. Con la falta de clientes, comenzaron a menguar
las provisiones, los medicamentos, los insumos femeninos. El ruso, que
regenteaba el lugar, no sabía qué hacer, y su primer impulso fue desaparecer
durante la noche. Pensaba que abandonar a las quince prostitutas jóvenes no era
un acto tan malvado; las jóvenes podían rebuscárselas en otro prostíbulo, pero
las maduritas como Edith no tenían demasiado futuro. Y en tantos años de
regentear el lugar, se había encariñado un poco con todas ellas.
La temperatura
alcanzó los cuarenta y dos grados a la siesta; el agobio hacía que todos se
comportaran de un modo grosero e intolerante.
“Tan solo una lluvia
puede redimirnos”, repetía el ruso, pero como la lluvia brillaba por su
ausencia, decidió partir esa misma noche.
Al caer la tarde
como un designio divino, las cigarras comenzaron aturdir y los grillos las
acompañaron, mientras unas aves negras que revoloteaban por el lugar se sumaron
al bullicio.
El ruso ya se había
ido cuando un ejército de luces se confundió con los rayos de la tormenta. Unas
y otras luces comenzaron a resplandecer de forma simultánea en la intimidad de
la noche, y llegó la lluvia para traer alivio. Las mujeres salieron desnudas a
refrescarse y las acarició una brisa que parecía venir de ninguna parte. De
pronto, se escuchó un fuerte estruendo que las inquietó, se sintieron observadas
y vieron que se acercaba alguien o algo. Intentaron guarecerse, pero fue tarde
porque un poderoso imán las atrajo hasta lo evidentemente era una nave
extraterrestre.
—¿Qué haremos Edith?
—dijo una de las jóvenes, aterrada.
—Tranquila, Vanesa,
seguro estaremos mejor que en este pueblo de mierda y quién sabe si los
marcianos no tengan más talento para el sexo que estos paisanos piojosos.
—¿Y si nos llevan
para estudiarnos? —dijo otra temblando de miedo.
—¡Mejor aún! Van a
distraerse con el ADN de cada inmundo que nos tocó en suerte y nos mantendrán
vivas o en su defecto, nos comerán en una salsa. No se preocupen; nada puede
ser peor que esto.
Cuando terminó la pandemia, el párroco de la
Iglesia aseguró que había ocurrido un milagro. El pueblo estaba limpio de
pecado.
—Alabad a los
extraterrestres por ayudar al creador en su tarea —expresó con entusiasmo.
Gracias a las observaciones del escritor Sergio Vel Hartman, quedó un lindo cuento. Un gusto trabajar en equipo, y ser parte de nuevos proyectos.
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