PASIÓN TRASCENDENTAL
Compartimos el cuento que escribimos inspiradas en Afrodita y Safo.
Autoras: Eri Echilley & Debora Mayol Parodi
PASIÓN TRANSCENDENTAL
Cuando la estatua de Afrodita de Capua llegó al Museo Nacional de Bellas Artes, arrastré a Pablo hasta la exposición. El misterio sobre esta obra siempre me llamó la atención. Afrodita imponiéndose sobre la figura de Ares, me impactó. Lo que sentí ese día me inspiro de tal manera que estaba decidida: sería el tema para mi próxima exposición de arte. Opté por pintar en óleo. Con la paleta de colores vivos recrearía la historia de desencuentros y la pasión. Pensé en la imagen de una mujer derritiéndose de amor representada por la abundancia del rojo bermellón, simbolizando la pasión femenina y la sangre ardiente derramada. Pensaba también en qué lluevan los colores hasta llegar a un gris de Payne. Mientras era abducida por mis pensamientos, súbitamente, se abrió la puerta. El taller tiene estas cosas. Martina llegaba con su poesía lírica y me interrumpía en cualquier momento. Martina, una bocana de aire fresco o un huracán, con su juventud y su alegría. –¿Vos también fuiste a la exposición de Afrodita?—me preguntó sin decir ni buen día. —Sí, me acompañó Pablo. ¿Vos fuiste? —Sí, fui con Ale. — Ah, con la reina de la toxicidad —le respondieron mis celos. —¿Por Pablo lo decís?—me contestó molesta. —Qué chistosa. —¿No sentiste nada raro? ¿No volviste con más inspiración? —Ahora que me lo decís, volví sobreexcitada e inspirada, con ganas de pintar. —Yo volví con muchas ganas de leer poesía lírica. Mirá, esta es Safo. Se me ocurrió que podría explicar la estructura de la estrofa sáfica en el taller. Martina se fue a su clase. Mientras mi pincel se deslizaba sensual sobre el lienzo, se escuchaba su voz recitando: Que si te huye, tornará a tus brazos, Y más propicio ofreceráte dones, Y cuando esquives el ardiente beso, Querrá besarte. Ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple”. Empecé a sentir calor mientras la escuchaba. Cuando me quise acordar, la paleta de claroscuros dominaba mi obra. Los cuerpos de Ares y Afrodita tenían expresiones exacerbadas y en movimiento, dando la sensación de velocidad e incomodidad, como si ambos quisiesen salir de la pintura. Algo me quemaba, algo me abrasaba. Se me cerraban los ojos, seguía escuchando a Martina. Las aguas claras del río suspiraban, inertes y estáticas. Las ninfas salían a la orilla y se entregaban a una danza interminable. Casi etéreas, se movían al compás del universo. Safo se recostaba abajo del árbol de la haya. Afrodita apoyaba la cabeza en su regazo y Ares espiaba desde un rincón, minúsculo y envejecido. Ambas me miraban. Manos suaves acariciaban mi piel. Cabellos dorados bailaban por la brisa cálida de un mediodía de primavera. Safo observaba cómplice y Afrodita desnudaba sus miedos. Luego, ambas posaron sus ojos en mí y vinieron a mi encuentro. De pronto, el agua del río me tocó los pies y mi cuello se estremeció al sentir unos labios rozando mi piel. Safo me susurraba. Afrodita ponía sus manos en mi cintura. Me quemaban. El río rugía, igual que mis ganas. Me abrazaron. Sentí sus cuerpos y nos convertimos en una las tres. Mientras, las ninfas danzaban sumergiéndose en las aguas, Ares observa, desgarbado y desterrado al exilio. Las yemas de los dedos de ambas jugaban con mi deseo más profundo, hasta que comencé a sentir las contracciones internas. Sin mediar palabra, Ares se levantó lleno de furia y corrió hacía nosotras. Se aproximaba una contienda inminente. RING…RING…RING. Mi celular estaba sonando, era Pablo. ¿Había alucinado? ¿Me había quedado dormida? ¿Sueño húmedo? No sabría decir. Pablo quería verme, no respondí. Me envió más de cuarenta mensajes, estaba desesperado. Martina entró sin pedir permiso, me dijo que me escuchó gritar y se preocupó. No tenía idea de lo que había pasado, pero algo se despertó en mí. Dejé que Martina me abrazara un rato. Descansé en ella mi desconcierto. Sus manos amables acariciaron mi cara, la cercanía de su boca a mi cuello revivía la memoria de mi cuerpo. Cuando me di cuenta, ya su boca se había acercado a la mía. Le corrí la cara y salí corriendo. Al salir, Pablo me esperaba. Me llevo a casa, miramos unas películas y fingimos que todo estaba bien. Él roncaba, mientras yo daba vueltas en la cama. No podía dejar de pensar en lo que sentí. Me volvían a la mente, una y otra vez, las imágenes de Afrodita, Safo y Martina. ¿Por qué arde de nuevo el corazón inquieto? No tenía respuesta. El tiempo pasó. La exposición en la galería es un verdadero éxito, no solo por la venta de cuadros y el premio que obtuve, sino, además, por la concurrencia. Algo especial provocan mis pinturas en el público, dicen los críticos de arte. Quieren establecer una suerte de mito, quizás es puro marketing. Frente al cuadro de Afrodita y Safo, una mujer tropieza con un sujeto y le vuelca el vino, la mira, ella se sonroja, él le sonríe. Dos chicas se miran frente al cuadro, se besan en libertad. Siento unos dedos que se entrelazan con los míos. Martina apoya su cabeza sobre mi hombro. Sonreímos. La atmósfera nos invade. Siento agua en mis pies. Unas manos acarician mi cintura. Afrodita nos muestra el camino. Safo se acerca. Las yemas de los dedos de Martina me rozan. Está sucediendo de nuevo…vamos directo al paraíso.
Comentarios
Publicar un comentario